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Experimentos demasiado arriesgados

A lo largo de la historia, las ganas de poder volar como las aves, saber que existen capas atmosféricas superiores, han llevado al ser humano a experimentar hasta el límite. ¿Realmente hace más frío cuanto más arriba estamos? ¿Cuál es la proporción de gases? ¿Y el viento, la humedad, las nubes...? A continuación, os contamos dos «aventuras»con finales... potentes. Dejémoslo así. La primera, en la misma ciudad de Barcelona a principios del siglo xx. Y una segunda en la que, gracias a los detalles explicados por uno de los científicos que participaron en el arriesgado experimento, conocemos con pelos y señales unos hechos dignos del mejor guion de una película de aventuras.

El lunes 24 de agosto de 1925, el capitán Solench ascendió con su globo aerostático desde el Turó Park de Barcelona hasta 26 metros de altura. Pero una tormenta se aproximaba y provocaba ráfagas de viento del oeste muy violentas. El globo aerostático y el tripulante fueron arrastrados hacia el mar. Dos meses después, en Sant Andreu de Llavaneres, se localizó el cuerpo del capitán. El día del acontecimiento, una línea de violentas tormentas cruzó Cataluña de oeste a este. En la imagen podemos ver una fotografía, de Josep Brangulí, del despegue de un globo aerostático en el Turó Park de Barcelona en 1914.

 

 

A mediados del siglo xixse hacían multitud de viajes en globo para estudiar la composición de la atmósfera en sus distintos niveles. Les narramos un experimento realmente arriesgado realizado por los científicos ingleses James Glaisher y Henry Tracey Coxwell el 5 de septiembre de 1862.

Partieron a la una de la tarde y tres minutos desde Wolverhampton (en el centro de Inglaterra), con una temperatura de 15 °C y algunas nubes. Equipados con una gran cantidad de instrumentos científicos, empezaron a verificar las variaciones de la temperatura, la humedad y la presión a medida que ascendían. También transportaban seis palomas que debían lanzar desde distintas alturas para estudiar su comportamiento. A 1600 metros, el termómetro bajó hasta los 5 °C, y pocos segundos después penetraban en el interior de nubes densas. La visibilidad era nula. A las 13 horas y 17 minutos salieron de las nubes y fueron bañados por un sol implacable. Ascendieron a razón de 200 metros por minuto.

 

 

Cuando llegaron a los 3200 metros, la temperatura alcanzó los 0 °C, y siete minutos más tarde ya estaban a 4800 metros, la altura del Mont Blanc. Al alcanzar los 6437 metros, y con una temperatura de 21 °C bajo cero, Coxwell empezó a sofocarse, pero aun así siguieron soltando lastre para ascender con mayor rapidez. Media hora antes estaban disfrutando de una plácida temperatura y ahora estaban sufriendo el rigor de los fríos polares. De repente, a las 13 horas y 52 minutos, a Glaisher le empezó a fallar la vista, no distinguía las agujas indicadoras de los aparatos y, además, y a causa del movimiento rotatorio del globo, la cuerda que conectaba con la válvula se había enredado…

 

 

La pérdida de visión de Glaisher le impedía subir por encima de la barquita hasta la base del globo para desenredar la cuerda que conectaba con la válvula. Coxwell tuvo que trepar y hacerlo con grandes dificultades. El estado de Glaisher empeoraba. Perdió la fuerza de los brazos y las piernas, que no prestaban ningún servicio y estaban completamente paralizados. Momentos después, perdía el conocimiento.

 

 

El globo seguía ascendiendo y ya estaba alcanzando los 10 000 metros de altura. Coxwell, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no desmayarse, intentó despertar a su compañero sin éxito. Por fin, Glaisher recuperó el conocimiento por un momento. Comprobaron que tenían las manos negras por un principio de congelación. Se hicieron masajes con aguardiente y empezaron a descender con rapidez. A las 14 horas y 30 minutos de la tarde recuperaron suficientes fuerzas para ir lanzando las palomas desde distintas alturas. Una ya había muerto y otra estaba a punto de morir. La que lanzaron a 8048 metros cayó como una piedra. A 6437 metros pudieron volar en remolinos hasta desaparecer. La que lanzaron a unos 5000 metros fue más inteligente y se puso en la parte superior del globo, para descender a medida que lo hacía el aerostato.

Por fin, el globo y sus tripulantes alcanzaron tierra en una zona deshabitada y tuvieron suficientes fuerzas como para caminar algo más de 10 kilómetros hasta encontrar un carruaje que los llevó a la población más cercana.

Esta narración corresponde a un hecho real. Nuestra mayor admiración para estas personas que se jugaban la vida por la ciencia con medios realmente precarios.